Los túneles estaban más ordenados de lo que parecía,
partiendo de cada entrada descendían en espiral en el mismo sentido conectando
todos los niveles. Entre las espirales varias salas se conectaban. Estas salas
servían de vivienda, almacén, talleres y los usos que necesitasen los
habitantes. Su aspecto era el de la piedra escavada, carecían de decoración ni
una manufactura pulida o rematada. En general eran un conjunto de cavernas
manufacturadas, ahora casi vacías, entre las que no sería difícil perderse ya que
no había referencias de ningún tipo.
A medida que descendían las curvas de las espirales se
acercaban y morían en una sala principal. Su uso debía ser importante ya que
esta sala si presentaba un aspecto más cuidado. Varias columnas sostenían el
techo abovedado. Las columnas y sus arcos daban el aspecto de estar cubiertos
de escamas. Y el suelo estaba alisado y lo habían cubierto de alfombras que a
causa de la humedad daban un olor desagradable al lugar que trataban de ocultar
con inciensos con un resultado poco acertado, una atmosfera espesa y agridulce
que embotaba los sentidos.
Bajo esta sala estaba la última estancia de la guarida.
Conectada por dos túneles con el salón anterior. Aquí una capilla se utilizaba
por los dirigentes del lugar para reuniones y su oscuro culto.
Las sombras que aún quedaban en el complejo terminaban de
recoger las pertenencias que podían cargar mientras el último miembro del
consejo una vez recogidos todos los documentos y tesoros de su culto preparaba
misivas para sus aliados y contactos avisándoles de su cambio de localización.
Enviaría a sus más hábiles agentes para asegurar su entrega.
Todo se torció cuando se dio la voz de alarma. Los intrusos
habían llegado a su guarida sin previo aviso. El líder hizo llamar a sus
principales agentes mientras enviaba al resto de sus secuaces a interceptar a
los entrometidos que amenazaban su hogar.
Una vez se reunió con los elegidos les explicó su misión de vital importancia para su organización. Tardarían años en
reunir de nuevo los contactos que debían localizar. Era el momento de demostrar
su entrega para la causa o morir en el intento.
Ponzoña era un fuerte combatiente totalmente comprometido con
la congregación. Su carencia de miedo o remordimientos le habían permitido
completar misiones que muchos otros de la organización no habrían sido capaces
de enfrentar. Tendría que ir a las cumbres del sur y contactar con las tribus
incivilizadas que crecían día a día y podrían convertirse en tropas feroces y
sanguinarias para un enfrentamiento abierto.
Sibila era una hechicera peligrosa sedienta de poder que
aspiraba a dirigir las sombras un día. Por ahora se debería conformar con
dirigir los asaltadores de las dunas del este que obedecían a la congregación.
Lucrecia había sido bendita con el aspecto más humano de
toda la congregación y se había vuelto muy hábil con el engaño y la persuasión;
la enviaría a contactar con la red de infiltrados del reino. Era importante
saber sus movimientos de antemano y vital el poder influenciar en su política y
administración.
Hueso era su aprendiz en el culto sombrío que seguía la
congregación. Aunque combatía como el mejor de sus subalternos también había
demostrado que su fe era resistente y los entes sombríos a los que adoraban
estaban contentos con su entrega. Tendría que acudir a la nueva localización
del culto para avisar del ataque de los intrusos.
Por último estaba Filo, el asesino más eficaz de la
congregación su misión era de sangre y advertencia. La tribu que había
secuestrado al hijo del barón les había contrariado y eso no se podía permitir.
Debía reunir una partida de castigo y no dejar ni un alma con vida. La
reputación de las sombras debía ser repuesta.
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