Huul dirigía el rito de sacrificio, sus elegidos debían
recibir la bendición de las sombras antes de partir, los dos intrusos yacían a
sus pies inconscientes y en su mano blandía la daga ritual. La sala estaba
completamente a oscuras, la atmosfera se volvía densa con la presencia de los
espíritus que les guiaban. Podía sentir su sed de sangre, su anticipación ante
el sacrificio, como atendían su canto ritual ensalzándolos y prometiendo
lealtad y honores. El poder recorría su cuerpo, quien se opusiese a la voluntad
de las sombras perecería patéticamente.
Llevó la daga a la cálida piel de la semielfina bajo su
oreja y acabando el cántico hundió el filo y lo deslizó hasta el otro lado de
la garganta. La sangre abandonó el cuerpo de la mujer y en las sombras
desapareció antes de tocar el suelo. Los espíritus se dieron un festín con su
sangre y su alma, pudo sentir como las sombras temblaban y se retorcían a su
alrededor. Pero algo las perturbó. Se disolvieron, abandonaron su presencia, le
dejaron para que viese la luz descendiendo por la rampa que accedía a la sala
de las columnas. El enemigo había llegado.
Huul se concentró, recogió todo el poder que le recorría y
alzó una plegaria a sus señores. Un aliado para esta batalla. Un ser que
castigase a los impíos entrometidos que profanaban su hogar. Su plegaria fue
respondida. Un devorador de almas.
Ordenó a sus seguidores abandonar el lugar por el túnel de
escape, él se encargaría de los intrusos y les daría tiempo para alejarse. Su
misión era prioritaria.
El grupo era pintoresco, entraron en la sala mirando primero
los cuerpos a sus pies y luego a él. No parecieron advertir al devorador de
almas que se había ocultado en las sombras al otro lado de la sala. Los
primeros en entrar fueron un reptiloide y una mediana seguidos de una pareja de
elfos muy diferentes el uno de la otra. El problema llegó cuando entró el
último intruso. El semielfo no se fijó en los cuerpos y tampoco en el propio
Huul, miró más allá y vio a la criatura que debía acabar con ellos. Los rasgos
del semielfo se desencajaron y se lanzó gritando contra el devorador de almas.
La estancia se convirtió en un caos, el sacerdote de las
sombras trató de lanzarse hacia el túnel de escape mientras el combate entre el
semielfo y el devorador de almas rugía y se movía por la estancia como un
torbellino. La mediana y el reptiloide le cortaron el paso y para librarse de
ellos oscureció la estancia. Huul se llevó una terrible sorpresa cuando la
oscuridad desapareció y la estancia ahora bien iluminada mágicamente apareció
más llena que antes, dos enanos y dos semiorcos reducían al devorador con
violencia y rapidez y una humana se deshacía de un pergamino y levantaba una
ballesta en su dirección.
La salida estaba detrás de los enemigos y su criatura no
duraría mucho más. Usó su magia profana y convocó una honda de dolor y
perdición a su alrededor, si sus enemigos estaban lo suficientemente dañados
por los anteriores combates caerían y tendría una oportunidad de huir. No
surtió efecto, el elfo había usado sus artes arcanas para disipar su poder
antes de que surtiese efecto. Una saeta atravesó su pecho, una lanza se
incrustó en su espalda y numerosos golpes le arrebataron la vida antes de que
pudiese reaccionar.
Portos yacía de rodillas donde un instante antes estaba el
derrotado devorador de almas, su respiración aún era agitada y tenía la vista
fija bajo él, el cuerpo de su enemigo había desaparecido. Osgarket examinaba al
roble, intentando salvar su vida y el resto del grupo, con mayor o menor
rapidez se apresuraban por el túnel de escape, en pos de los huidos.
Salomdiabel tomó el rostro del explorador entre sus manos y con voz suave le
habló, tratando de sacarle del trance en el que se encontraba. Su misión aún no
había terminado.
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