martes, 1 de marzo de 2016

6. Un viejo conocido



Ergderbert dirigía la expedición, era un hombre alto, musculoso y resuelto. Al salir del territorio del barón fue la primera persona a la que acudieron, sabían que si a alguien podía interesarle la información y actuar sobre ella ese era el roble, como era conocido por los bajos fondos. Se comentaba que ostentaba un título nobiliario aunque nunca había hecho uso de su posición. Desde que Grerl y Sara le conocían se dedicaba a un servicio muy específico para el reino: localizar, evaluar y si fuese necesario neutralizar enemigos del reino dentro de sus fronteras.
Dos años ha, en los callejones de la ciudad de Normelerto, la pareja buscaba una mercancía inusual y se habían visto obligados a recorrer todos los lugares poco aconsejables haciendo preguntas que levantaban sospechas. Nadie tenía cascara de huevo de hipogrifo, negociar con los huevos y las crías estaba prohibido, pero las cascaras, un componente poco habitual para uso arcano, se encontraba en un vacío legal que le había provocado problemas a más de uno.
Siguiendo su última pista, frustrados y paranoicos se dirigieron a un local clandestino, sede de una de las cofradías de ladrones de la urbe. Les habían dado la localización, la clave para atravesar la seguridad y el nombre de un contacto. Más de una docena de lugares habían visitado con la promesa de encontrar a alguien que podía facilitarles el material y las respuestas pasaban de negativas planas pasando por actitudes ofendidas a abierta hostilidad.
Entre los sótanos de los almacenes y las entradas del alcantarillado pasando por callejones y umbrales enrejados tras dar el santo y seña a un niño, una anciana enana y un bulto indefinido de harapos llegaron a un salón de dos alturas provisto de una barra, varias mesas y un hogar improvisado en medio de la estancia.
Grerl se quedó detrás de Sara observando a los parroquianos en busca de alguna amenaza mientras esta se encargaba de buscar el individuo. Resultó ser una mediana que hacía el doble de preguntas de las que respondía. Tras una larga conversación les dijo que esperasen mientras consultaba al jefe de la cofradía. Asomándose desde la altura superior en compañía de la mediana un hombre les observaba y asentía a lo que le estuviese diciendo.
-Muy bien, si me acompañáis iremos a recoger lo que andáis buscando.
Frente a un caserón en una zona de la ciudad que había visto mejores días la mediana les explicó el trato. Una cofradía rival criaba clandestinamente una camada de hipogrifos. Habían salido del cascarón dos días antes y aún podían encontrar lo que buscaban junto a las crías, si querían tener una oportunidad de conseguirlo tendrían que sacar dos crías para la mediana.
Sara y Grerl intercambiaron una mirada. Se habían quedado sin opciones y se les acababa el dinero y el tiempo. Además “quien roba a un ladrón tiene cien años de perdón”.
La mediana les explico la distribución del caserón, y el camino que debían tomar para llegar hasta las crías, les dio material de escalada para llegar a una ventana desde la que colarse y les indicó donde entregarla las crías al salir, les estaría observando por si se les ocurría dejarse las crías dentro.
Entrar fue algo sencillo, el sigilo era algo a lo que estaban acostumbrados, pero las crías de hipogrifo resultaron no querer colaborar. Saliendo a toda prisa mientras chillaban en sus brazos y trataban de arañarles y morderles, dos orcos les localizaron y trataron de detenerlos.
Con los orcos en sus talones y las cascaras en los bolsillos se reunieron con la mediana que usó humo para despistar a los orcos mientras les dirigía por entre las ruinas de una casa abandonada.

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