Ergderbert dirigía la expedición, era un hombre alto,
musculoso y resuelto. Al salir del territorio del barón fue la primera persona
a la que acudieron, sabían que si a alguien podía interesarle la información y
actuar sobre ella ese era el roble, como era conocido por los bajos fondos. Se
comentaba que ostentaba un título nobiliario aunque nunca había hecho uso de su
posición. Desde que Grerl y Sara le conocían se dedicaba a un servicio muy
específico para el reino: localizar, evaluar y si fuese necesario neutralizar
enemigos del reino dentro de sus fronteras.
Dos años ha, en los callejones de la ciudad de Normelerto,
la pareja buscaba una mercancía inusual y se habían visto obligados a recorrer
todos los lugares poco aconsejables haciendo preguntas que levantaban
sospechas. Nadie tenía cascara de huevo de hipogrifo, negociar con los huevos y
las crías estaba prohibido, pero las cascaras, un componente poco habitual para
uso arcano, se encontraba en un vacío legal que le había provocado problemas a
más de uno.
Siguiendo su última pista, frustrados y paranoicos se
dirigieron a un local clandestino, sede de una de las cofradías de ladrones de
la urbe. Les habían dado la localización, la clave para atravesar la seguridad
y el nombre de un contacto. Más de una docena de lugares habían visitado con la
promesa de encontrar a alguien que podía facilitarles el material y las
respuestas pasaban de negativas planas pasando por actitudes ofendidas a
abierta hostilidad.
Entre los sótanos de los almacenes y las entradas del
alcantarillado pasando por callejones y umbrales enrejados tras dar el santo y
seña a un niño, una anciana enana y un bulto indefinido de harapos llegaron a
un salón de dos alturas provisto de una barra, varias mesas y un hogar
improvisado en medio de la estancia.
Grerl se quedó detrás de Sara observando a los parroquianos
en busca de alguna amenaza mientras esta se encargaba de buscar el individuo.
Resultó ser una mediana que hacía el doble de preguntas de las que respondía.
Tras una larga conversación les dijo que esperasen mientras consultaba al jefe
de la cofradía. Asomándose desde la altura superior en compañía de la mediana
un hombre les observaba y asentía a lo que le estuviese diciendo.
-Muy bien, si me acompañáis iremos a recoger lo que andáis
buscando.
Frente a un caserón en una zona de la ciudad que había visto
mejores días la mediana les explicó el trato. Una cofradía rival criaba clandestinamente
una camada de hipogrifos. Habían salido del cascarón dos días antes y aún
podían encontrar lo que buscaban junto a las crías, si querían tener una
oportunidad de conseguirlo tendrían que sacar dos crías para la mediana.
Sara y Grerl intercambiaron una mirada. Se habían quedado
sin opciones y se les acababa el dinero y el tiempo. Además “quien roba a un
ladrón tiene cien años de perdón”.
La mediana les explico la distribución del caserón, y el
camino que debían tomar para llegar hasta las crías, les dio material de
escalada para llegar a una ventana desde la que colarse y les indicó donde
entregarla las crías al salir, les estaría observando por si se les ocurría
dejarse las crías dentro.
Entrar fue algo sencillo, el sigilo era algo a lo que estaban
acostumbrados, pero las crías de hipogrifo resultaron no querer colaborar.
Saliendo a toda prisa mientras chillaban en sus brazos y trataban de arañarles
y morderles, dos orcos les localizaron y trataron de detenerlos.
Con los orcos en sus talones y las cascaras en
los bolsillos se reunieron con la mediana que usó humo para despistar a los
orcos mientras les dirigía por entre las ruinas de una casa abandonada.
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