Ágata estaba al límite: sus dos hermanas no aparecían, se
podía poner en el peor de los casos viendo combatir a los intrusos; la patética
Sadivia no se separaba del pequeño sangre azul por no cambiar su actitud desde
que lo trajesen y el resto del clan le sería de la misma utilidad. Ninguna
entendía lo que sus hermanas y ella estaban intentando, las estúpidas no lo
entenderían.
El combate se había alargado lo suficiente para hacer mella
en su aguante, en varias ocasiones había tenido a los esbirros del barón al
alcance de su filo, pero se empecinaban en salvarse el uno al otro arriesgando
sus propias vidas, pero no hacían lo mismo para acabar con la de Ágata. Débiles
y sentimentales ¿Cómo podían estar dándola tantos problemas?
Les había alejado del trono, la escalinata de largos
peldaños era un entorno más estrecho y con la envergadura de su cola podía
tenerlos a los dos a su alcance. En un despiste de la humana su cola la había
tumbado ¿quizá la había hecho perder el conocimiento? El pequeño reptiliano
empezó a gruñir y lanzar furiosos golpes contra ella, era de esperar.
Tras un golpe lento con el candelabro, lanzó su hacha y este
la desvió en el último momento; pero para lo que no estaba preparada era para
el golpe que recibió. El reptiliano había girado sobre sí mismo y con una
inesperada fuerza su cola la lanzó de espaldas, encontró el suelo resbaladizo y
se vio precipitada por el lateral de las escaleras.
Sara se regocijó, su padre había hecho el suficiente ruido
para ocultar su ensalmo y con su golpe había aprovechado el efecto del conjuro.
Había cubierto el suelo de una sustancia resbaladiza que no tardaría en
desaparecer. Se habían deshecho de su enemigo, por un instante. Se la oía
luchar por encaramarse de nuevo a la plataforma, había logrado aferrarse antes
de caer al vacío.
Se lanzó escaleras arriba, recuperó su ballesta y se dispuso
a cargarla, estaba desesperada, se estaba quedando sin recursos y ni siquiera
era el último escoyo por salvar esa noche.
Grerl aprovechó para recuperar el aliento, se encontraba al
límite, estaba acostumbrado a luchar contra seres más fuertes que él, pero este
contrincante le igualaba en rapidez y había demostrado tener una resistencia y
tenacidad que parecían irreductibles. Se concentró en su experiencia, ningún
combate termina hasta que la sangre de uno de los bandos abandona su cuerpo,
subió a duras penas la escalinata para reunirse con su hija.
Ágata se encaramó a la escalinata, sacó su arma de repuesto,
una daga de filo ondulante, y subió poco a poco los peldaños recuperando las
fuerzas y evitando deslizarse de nuevo. Cuando estaba a punto de alcanzar a la
pareja el reptiliano lanzó un nuevo golpe, Ágata detuvo el mástil del
candelabro con su mano libre y lo levantó sin que este soltase su improvisada
arma.
La humana terminaba de cargar la ballesta así que golpeó al compañero
con su poderosa cola y golpeó con su arma a la humana cuando esta alzaba
finalmente la ballesta. Y algo inesperado sucedió.
-¿Cómo has podido Sadivia? Te has enfrentado a nosotras,
pero ¿traicionarme?- Una saeta se alojaba en el suntuoso pecho de Ágata y su
brazo a un palmo de la humana había sido detenido por las manos de la
sirvienta.
-Habéis condenado al clan, la traición es vuestra, recibe
esta como pago y déjanos sobrevivir a vuestros errores.
Poco a poco la fuerza de Ágata se desvaneció mientras
en sus ojos Sadivia vio cruzar furia, desolación, arrepentimiento y temor. Ya
estaba con los ancestros, ellos decidirían lo correcto de sus decisiones.
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