martes, 1 de marzo de 2016

1. Una pareja peculiar



Sin duda eran una pareja muy peculiar, la chica podría pasar inadvertida en cualquier lugar, sus ropas eran anodinas, apropiadas para una viajera y de una confección humilde y su aspecto tampoco atraía la atención, nadie la habría llamado bella, atractiva o siquiera intrigante.
Por supuesto esto era para aquel que se quedase con el aspecto. Su mirada era inquisitiva fiera y desconfiada. Su actitud era atrevida y diligente. Sara se había criado la mayor parte de su niñez viajando, negociando y ganándose la vida de la forma que su padre adoptivo había escogido. Él lo llamaba búsqueda, la mayoría de la gente que les conocía lo llamaba aventuras.
Grerl sin embargo sí que llamaba la atención. En una sociedad en la que se mezclaban humanos, elfos, enanos, medianos y otras tantas razas era difícil sobresalir y causar la curiosidad de los viandantes. Sin embargo era una causa de ser un reptiliano.
Su cuerpo era de apenas metro y medio, de apariencia aún menor debido a que al andar su cuerpo se inclinaba hacia delante. Sus piernas tenían las articulaciones al contrario de lo habitual, como las de un lobo. La cola era más gruesa que las propias piernas y casi el doble de larga. Sus manos de tres dedos más el pulgar oponible terminaban en garras, menos sensibles pero bastante útiles si tienes que defenderte con ellas. Sus ojos eran de un color liso, sin pupilas ni iris, unas esferas del color marrón del lodo. Y su piel era escamosa, ondulante y su color se degradaba dependiendo de la parte de su anatomía que cubriese. Los colores pasaban de un azul pálido en el vientre, las palmas de las manos y las plantas de los pies pasando por un verde vivo en los brazos y las piernas hasta un negro con trazas rojas en la cresta que le recorría la espalda y la parte superior de la cabeza.
Sin duda era una pareja que nadie esperaba ver en los salones del barón Rajmatirub, pero bien se lo habían ganado. Avanzaban por las alfombras rodeados de cortesanos y servicio con la misma actitud que dos noches antes se habían internado en las ruinas de Palabakin, como quien se interna en la guarida del enemigo….
La noche era luminosa, los cielos bañaban las ruinas con tenue luz y esquivas sombras y ellos se cubrían entre la vegetación que se había abierto camino entre la piedra. Sara había preparado su conjuro para imitar el don natural de su padre, así podían ver en aquella tenue luz igual que si fuese un día abierto. Los aromas de las variadas flores y la húmeda madera les acompañaban.
Grerl avanzaba en pos del edificio central, en su día el palacio de un príncipe y sus múltiples esposas. La leyenda decía que la guerra con sus vecinos amenazaba con derrocar al monarca y bajo tal circunstancia él había hecho un trato con las criaturas que habitaban el más recóndito lugar de la selva.
Sara esperaba con su ballesta preparada desde la cobertura de la vegetación. Las criaturas se deslizaban entre las enormes piedras y los tupidos arbustos rodeando a su padre.
La primera criatura retorció su serpentino cuerpo y como la cola de un látigo se lanzó hacia Grerl sosteniendo entre sus manos un alfanje y gritando con su voz femenina blasfemias y amenazas, justo antes de que una saeta atravesase su espalda. Con un grito de confusión, dolor y rabia cayó sin fuerzas al empedrado suelo.
Las otras dos, sorprendidas por el suceso, intercambiaron gritos y preguntas mientras el escurridizo reptiliano se escabullía al interior del edificio.

No hay comentarios:

Publicar un comentario