Sin duda eran una pareja muy peculiar, la chica podría pasar
inadvertida en cualquier lugar, sus ropas eran anodinas, apropiadas para una
viajera y de una confección humilde y su aspecto tampoco atraía la atención,
nadie la habría llamado bella, atractiva o siquiera intrigante.
Por supuesto esto era para aquel que se quedase con el
aspecto. Su mirada era inquisitiva fiera y desconfiada. Su actitud era atrevida
y diligente. Sara se había criado la mayor parte de su niñez viajando,
negociando y ganándose la vida de la forma que su padre adoptivo había
escogido. Él lo llamaba búsqueda, la mayoría de la gente que les conocía lo
llamaba aventuras.
Grerl sin embargo sí que llamaba la atención. En una
sociedad en la que se mezclaban humanos, elfos, enanos, medianos y otras tantas
razas era difícil sobresalir y causar la curiosidad de los viandantes. Sin
embargo era una causa de ser un reptiliano.
Su cuerpo era de apenas metro y medio, de apariencia aún
menor debido a que al andar su cuerpo se inclinaba hacia delante. Sus piernas
tenían las articulaciones al contrario de lo habitual, como las de un lobo. La
cola era más gruesa que las propias piernas y casi el doble de larga. Sus manos
de tres dedos más el pulgar oponible terminaban en garras, menos sensibles pero
bastante útiles si tienes que defenderte con ellas. Sus ojos eran de un color
liso, sin pupilas ni iris, unas esferas del color marrón del lodo. Y su piel
era escamosa, ondulante y su color se degradaba dependiendo de la parte de su
anatomía que cubriese. Los colores pasaban de un azul pálido en el vientre, las
palmas de las manos y las plantas de los pies pasando por un verde vivo en los
brazos y las piernas hasta un negro con trazas rojas en la cresta que le
recorría la espalda y la parte superior de la cabeza.
Sin duda era una pareja que nadie esperaba ver en los
salones del barón Rajmatirub, pero bien se lo habían ganado. Avanzaban por las
alfombras rodeados de cortesanos y servicio con la misma actitud que dos noches
antes se habían internado en las ruinas de Palabakin, como quien se interna en
la guarida del enemigo….
La noche era luminosa, los cielos bañaban las ruinas con
tenue luz y esquivas sombras y ellos se cubrían entre la vegetación que se
había abierto camino entre la piedra. Sara había preparado su conjuro para
imitar el don natural de su padre, así podían ver en aquella tenue luz igual
que si fuese un día abierto. Los aromas de las variadas flores y la húmeda
madera les acompañaban.
Grerl avanzaba en pos del edificio central, en su día el
palacio de un príncipe y sus múltiples esposas. La leyenda decía que la guerra
con sus vecinos amenazaba con derrocar al monarca y bajo tal circunstancia él
había hecho un trato con las criaturas que habitaban el más recóndito lugar de
la selva.
Sara esperaba con su ballesta preparada desde la cobertura
de la vegetación. Las criaturas se deslizaban entre las enormes piedras y los
tupidos arbustos rodeando a su padre.
La primera criatura retorció su serpentino cuerpo y como la
cola de un látigo se lanzó hacia Grerl sosteniendo entre sus manos un alfanje y
gritando con su voz femenina blasfemias y amenazas, justo antes de que una
saeta atravesase su espalda. Con un grito de confusión, dolor y rabia cayó sin
fuerzas al empedrado suelo.
Las otras dos, sorprendidas por el suceso,
intercambiaron gritos y preguntas mientras el escurridizo reptiliano se
escabullía al interior del edificio.
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