Portos era considerado uno de los mejores exploradores del
reino, no había tenido muchas oportunidades de explorar la selva por la que
ahora se movían, pero tenía suficiente experiencia como para ser la mejor
elección del roble para encontrar la madriguera de esas sombras de la selva.
El roble le había encomendado misiones en muy pocas
ocasiones. Parecía moverse más por las urbes. Pero las ocasiones en las que
había colaborado con él, el objetivo había sido peligroso e importante. Seguía
colaborando con él para alcanzar su destino. La sed de venganza le alimentaba,
le había llevado donde otros habían perecido por hambre, sed, frio, insolación,
enfermedades o por puro terror. Apenas sabía nada del objetivo de su fijación,
pero esos devoradores de almas pagarían todo el mal con el que habían cargado a
este mundo.
Recorrían la extensión de selva que rodeaba el rio sierpe
astuta, nombrado así en honor al antiguo reptil que dominaba esta zona cuando
Portos no era más que un crío. Su madre le había contado terroríficas historias
del poder y la codicia de los dragones y Fesvelriakt era uno de los peores.
La selva en la que se internaban estaba más allá de los
bordes del reino, lo que explicaba el fornido grupo que se había reunido para
esta misión, pero los comentarios del roble le hacían ver que no sabían
exactamente a lo que se enfrentaban. Por suerte era difícil coger a Portos con
la guardia baja.
La compañía nunca le había gustado especialmente, mucho
menos en un grupo tan grande cuando estaba acostumbrado a recorrer lugares
despoblados con ninguna o poca compañía, pero esta ocasión era diferente,
Salomdiabel era una druida de los bosques del norte, una elfina como la madre
de Portos y una mujer excepcional, como pocas había conocido. El mutuo respeto
por la naturaleza, sus espíritus y sus secretos les había conciliado desde el
principio y habían descubierto confianza y pasión con mucha rapidez.
Sin duda esta misión no era como ninguna otra en la que
hubiese participado hasta la fecha. Exigiría de sus participantes lo máximo que
pudiesen ofrecer. Solo les quedaba esperar que eso fuese suficiente para
sobrevivir.
Una vez se hubieron alejado suficiente de la civilización
empezó a encontrar rastros de su objetivo. Las pisadas indicaban que los grupos
reunían a varios individuos humanoides acompañados de una o dos criaturas de
cuerpo serpentoide y tamaño considerable. Esto le ayudó a advertir su primer
encuentro antes de caer en una trampa.
Sin duda los habitantes de esta zona ya debían conocer su
presencia, tendrían vigías muy bien preparados ya que Portos no los había
detectado pero advirtió señales de que un nutrido grupo les esperaba en la
espesura. Avisó al roble a través de señales ocultas que dejaba atrás según
avanzaban, de forma que si les observaban no fuese obvio que esperaban la
emboscada.
Localizó el lugar, un meandro de un afluente del sierpe
astuta especialmente despejado que cruzarían en poco tiempo. Quedarían
expuestos a arcos y cualquier arma que usasen desde la protección de la
espesura mientras les rodeaban cortando la retirada.
El grupo estaba sobre aviso. El hombre santo entonó
plegarias que les protegiesen y ayudasen durante el combate, los dos usuarios
de magia arcana que les acompañaban lanzaron varios conjuros preparándose para
lo que viniese y los combatientes aseguraron sus armas y armaduras y se
prepararon para soltar el resto del equipo que pudiese obstaculizar sus
movimientos en combate.
Entraron en el claro rodeando a los no
combatientes dejando en la linde sus pertenencias y con los ojos recorriendo la
espesura en busca de sus enemigos. La primera flecha silbó sobre las cabezas de
los primeros tratando de alcanzar a los miembros protegidos del grupo pero
toparon contra las defensas mágicas que habían alzado.
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