Sara cargó la ballesta mientras las criaturas se dividían,
una se ocultaba entre las ruinas, con la segura intención de localizarla y
acabar con ella; mientras la otra se deslizaba en pos del reptiliano que se
había internado en su ancestral guarida.
Una vez cargada dejó la ballesta apoyada contra el suelo de piedra
y subió al árbol que la había servido de cobertura. El sonido de un cuerpo
escamoso deslizándose por la piedra la indicó que su enemigo se acercaba peligrosamente. Entonó
una palabras y gesticuló con sus manos una formula hace tiempo aprendida, se concentró
en canalizar el pequeño flujo de magia que tan familiar la resultaba y se giró
para encarar a su enemigo.
La criatura se sujetaba a las ramas bajas con unas manos
esbeltas enjoyadas de una piel oscura como el té, unos brazos fibrosos tensos
con el esfuerzo y la anticipación, un torso femenino exuberante cubierto apenas
por un pequeño retal de seda pero engalanado con aún más joyas de oro
incrustado de pedrería. El rostro arrebatadoramente hermoso elegantemente
coronado con un tocado de marfil y ámbar pero siniestramente rematado con unos
ojos tan inhumanos como el resto del cuerpo. De cintura para abajo un cuerpo
serpentino más largo que Sara y su padre juntos se enroscaba al árbol subiendo
en pos de su presa.
Sara aun encarando a la criatura siguió encaramándose al
árbol escogiendo con cuidado su posición, obligando a su rival a tomar un
camino específico para alcanzarla y procurando no perder la concentración en el
conjuro que había preparado.
-Niña, os habéis equivocado viniendo aquí. El barón podrá
querer a su sucesor a salvo, pero no puede pagaros suficiente por vuestra
certera muerte. Reza al dios que elijas, pronto te reunirás con él.
-¿Por qué secuestrar al hijo del barón? ¿Qué pretendéis con
ello?
-Quizá tengas suerte y tras la muerte te sean resueltas tus
dudas, has perdido la oportunidad de congraciarte con el más allá.
La criatura olía a canela y a metal afilado, se veía su sed
de sangre, su furia liberada. Estaba canalizando su frustración justificándola
por defender su hogar y su botín.
La criatura enterró su mano entre las joyas que la cubrían y
sacó un filo corto y curvo que refulgió con la tenue luz que las bañaba y
arqueándose para coger impulso, para lanzarse sobre la desarmada humana, se
colocó justo donde Sara pretendía. Ésta realizó un rápido gesto, liberando su
concentración, para activar el simple conjuro que activó el mecanismo
disparador de la ballesta.
La saeta silbó ascendiendo hasta enterrarse en la espalda de
la criatura que chilló de dolor, Sara la golpeó con todas sus fuerzas
desequilibrándola y haciéndola caer. Al impactar contra el suelo la saeta
terminó de atravesar el pecho de la criatura arrebatándola su último aliento.
Rápidamente bajó del árbol, recuperó su ballesta y se lanzó
todo lo rápido que pudo en pos de su padre.
La primera víctima de la ballesta se encontraba
desangrándose en el patio, la señaló y entre jadeos y toses la amenazó:
-Malditos seáis los dos, nuestros amos sabrán de vuestro
atrevimiento, os arrepentiréis de actuar contra los designios de las sombras de
la selva. No os queda mucho para morir retorciéndoos de dolor por el veneno.
-Primero tendrán que encontrarnos y si lo hacen guardamos
unos cuantos trucos con los que complicarles sus “sombríos designios”. Descansa
en paz y reúnete con el demonio al que le hayas entregado tu alma.
Sin perder más tiempo entró en el palacio
siguiendo el sonido de los golpes de metal contra metal. ¿En qué complicación
se había metido su padre esta vez?
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